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JORGE ELIÉCER PARDO Textos

 

 

Cuento del libro las Pequeñas Batallas

El amante de mi mujer

No hice ruido. Desde el ángulo de mi habitación pude ver sin dificultad las nucas y de vez en cuando los perfiles. ¿Cómo confundir la línea del medio rostro de Mi mujer? Razón tenía mi hermano al afirmar que mi mujer no es tan normal como aparenta.

Llegaron después de las nueve de la noche luego del cine vespertino y de comer algo rápido. Mi viaje la motivó a divertirse en compañía del hombre que supuse —por el corte de pelo que lograba ver desde mi escon-dite—, no sobrepasaba los cuarenta años.

Mi mujer lo preparó todo: las luces del techo de la sala, apagadas, la lampa-rita que ilumina el óleo, encendida, en la parte superior del aparato de sonido.

Estaba hermosa. Mi mujer viste muy especial. El amante no se movía del lugar; quería que bailaran para verle la cara .

He leído estas escenas en cuentos y novelas pareciéndome siempre un ridículo lugar común.

Podía salir de mi refugio y enfrentarlos pero algo me lo impedía. ¿Morbo, acaso? ¿Miedo, tal vez? ¿Cobardía? No sé explicarlo.

Mi mujer puso un disco de Pablo Milanés y avanzó hasta el bar sirviendo dos copas. Seguro el ron Tres esquinas que tanto nos gusta en la soledad y la quietud del apartamento.

Soy pacífico y carezco de armas; pensé en el cortapapel metálico que guardo al lado de la má-quina de escribir; matar al intruso sería horripilante, muchas cuchilladas ... la sangre escandalosa absorbida por los tapetes inmaculados de Mi mujer y a ella gritando que lo amaba, que no le quitara su felicidad, que si yo no creía en el amor, por lo menos le permitiera rescatar el tiempo perdido a mi lado.

¡Cómo me hacía esto! Le entregué lo mejor de mi vida en estos años y le dediqué parte de mi existencia, porque idealicé su cariño y porque íbamos por la vida con la misma soledad abriéndonos las carnes.

Apagó la lámpara y dejó sólo el reflejo de luz proveniente del estudio ... preparaba el espacio para su adulterio. ¿Era una adúltera? Absurdo pensarlo. Conmigo —gratamente— vivía un adulterio feliz. No nos importaban las separaciones legales, los sellos y papeleos en oficinas públicas y eclesiásticas. Mi exmujer —que se hacía abogada en la facultad nocturna—, me dijo que ella simplemente era mi concubina. Mi mujer rió cuando se lo conté, desde entonces —algunas veces—, le digo «mi concu-bina hermosa » y nos divertimos mucho.

No jugábamos a la farsa de los afectos, tampoco a los esposos formales ... entonces, ¿debería aceptar que tu-viera un amigo? Además, su pensamiento era más libre que el mío. Mi padre jamás me lo perdonaría. Matarla, no por el amante sino por el engaño: una solución. El sufri-miento revuelto con ira me atragantaría siempre. Salir de mi escondite, pasar por la sala y lanzarme a la calle: otra solución posible. No decir una palabra y dejarla con las explicaciones: una alternativa muy cercana a mi angustia.

Pablo Milanés empezó a acariciarlos con su voz de poeta: se levantaron del sofá. El amante, un poco más alto que Mi mujer, la estrechaba contra su cuerpo con ternura. Me ubiqué mejor para obser-varlos. Me sentí ridículo, tendido en la alfombra de la habitación, arrastrándome para oír lo que se murmuraban. No intenté avanzar más, me descubrirían en esa estúpida posición.

Mi mujer me prometió que si por azar conocía un hombre que la cautivara, me lo confesaría y escogeríamos el mejor camino. Si hubiera cancelado mi viaje quizá ella ... el azar no perdona.

Puso la botella en la mesa y un queso cortado en pe-queños tajos. Llenó una y otras veces las copas y cambió a Milanés por Amstrong ... por mi Amstrong querido, por el disco que compramos una semana antes, al salir del cine.

¿Ignorar el hecho y esconderme en el closet de la habitación para huéspedes —que a veces ocupan nuestros hijos, los fines de semana— y mañana simular que llego de viaje? No lo hice porque supuse que lo llevaría allí. ¿Vengarme de Mi mujer trayendo las amantes posibles a nuestro lecho? Le quedaba dignidad y no lo metería a la cama que aún conserva mi olor desperdigado por las sábanas. En el closet estrecho me ahogaría no sólo con el calor de mi respiración acesante sino con las de ellos jadeándose en las bocas y llamándose y perdonándose por lo que hacían.

La hora en el radio reloj: las dos de la mañana. Harían el amor. Mi mujer le quitó la chaqueta y él abrió su blusa. Las sombras no mentían. No paraban de bailar. Amstrong volvía a repetirse. ¡Cómo creer que Mi mujer me hiciera esto!

Algunas parejas de amigos nos veían como dos personas que soportaban sin demasiado deterioro la cotidianidad: éramos un absurdo ejemplo. Mi mujer sonreía y yo lo aprobaba ignorando lo que escondía: su aventura. ¿Era yo la otra aventura de Mi mujer que suplía los vacíos de su amigo o que motivaba sus encuentros?

¿Su exmarido? No, sabía lo que los distanciaba. ¿Un burócrata de los que trata a diario en el trabajo? ¿Un estúpido jefe o subalterno que le habló de temas interesantes y la llevó hasta la cama? ¿Un hombre simpático que la halagó y ofreció posibilidades en sitios recreados para los dos?

Seguían bailando. Mi mujer —con la piel de él rozando sus poros—, debía sentirse deseada, apetecida. Los pliegues de la blusa no se veían, sí los volúmenes de mi «hermosa concubina».

Sabía cómo eran esos besos, cómo eran esas ca-ricias. Desnudos, ya no bailaban a Milanés ni a Amstrong, balanceaban los cuerpos; cayeron en el tapete, libres de toda culpa, irreverentes.

Pasé a un metro del abismo donde ellos descendían. Abrí la puerta y me lancé al ambiente helado del exterior; como un autómata busqué el primer bar y pedí una bo-tella de ron Tres esquinas con jugo de naranja. No sé cuánto tiempo bebí luchando con la idea de que Mi mujer no podía traicionarme. En la segunda botella empecé a llamarla. Sentí frío. Mi mujer repitió «te amo », muy cerca a mi boca. «Vámonos a la cama », me dijo al oído. Me levanté desnudo dejándome conducir hasta nuestra habitación.

Bogotá, enero 21 de 1986